Foto de Ignacio

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Ignacio mismo

miércoles, 7 de marzo de 2012

Los caramelos de Merkamueble.


Estarán conmigo que escaparse del bochorno cuando se está inmerso en un contexto más o menos serio es muy difícil. Por lo común aguantamos la mecha hasta el final rezando por su brevedad y deseando no volver jamás a una situación semejante. Pues bien, en compañía de mi madre suelo tener la desazón de que el escenario de posibles se repite una y otra vez. No en lo cotidiano y conocido, sino precisamente cuando el ambiente me ofrece algunas pistas, a saber como personas desconocidas o poco tratadas, atmósfera de cierta seriedad, temática de respeto a terceros, etc.
Ésta historia verídica que les escribo, de la que fui espectador y actor secundario, es una buena muestra de cómo puede tornarse una situación de lo más normal, en el momento más inesperado y con solo un gesto, hacia la vergüenza de todos los presentes.

Dentro de unas semanas cumpliremos Ana y yo diez años de casados, ahí es nada. Hace pues más de diez años estuvimos buscando muebles para nuestro entrañable piso en la calle Puerto de Piedrafita. Nos paseamos por muchas casas de muebles de Sevilla y provincia, terminando por acceder a la oferta de Merkamueble; esto es porque entre Merkamueble y la empresa donde trabajaba mi padre, Tejidos Andalucía, existía un convenio por el que los empleados disfrutaban de un tres por ciento de descuento. Así que un día y para finalizar los trámites de la compra decidimos ir los cuatro, mis padres, Ana y yo, a la famosa nave situada camino de  Alcalá de Guadaira.

Mi padre, siempre serio y formal frente a compañeros de trabajo y colegas del mundo del comercio, iba saludando mientras avanzábamos por el pasillo, entre salones, dormitorios y cuartos de baño en exposición. Algunos nos lo presentaba con solemnidad y el señor o señora nos dispensaba una hermosa sonrisa comercial. Mi madre a cada presentación me hacía una observación jocosa de la persona recién conocida y ambos reíamos disimuladamente. Que si aquella tendrá escocida la entrepierna (falda pantalón holgada), que si este parece que está colgado de una percha (persona encorvada) que qué buen culo tiene aquella para peerse a gusto (me temo que este no hace falta que lo describa). En fin, lo normal en Lumi, mi madre.
Así que finalmente llegamos a la zona de cortinas y tejidos de hogar donde se encontraba Pepe Moreno, contacto de Paco, mi padre, en el comentado Merkamueble. Como todos los anteriores fue presentado a todo el grupo, absteniéndose Lumi de hacer comentario alguno debido a la cercanía de este señor. La conversación iba y venía sobre asuntos comerciales, trabajos serios, confidencias graves entre compañeros, ya pueden imaginarse. Nos acompañó este Pepe Moreno hasta otro comercial especializado en muebles de salón y dormitorio, así que subimos un nivel más, si cabe, de seriedad en el asunto. Y no solo porque era un perfecto desconocido, sino también por la recomendación de un compañero de mi padre. Vamos todo de lo más formal y circunspecto.

Cuando decidimos los enseres para nuestro piso, el amable vendedor, encorbatado y bienpeinado, nos pidió cortésmente que le acompañáramos a su mesa, donde nos gestionaría la financiación del pedido en ciernes. Nos sentamos los cuatro en fila frente al comercial, de izquierda a derecha: Ana, Lumi, servidor y Paco. Tenía este señor sobre la mesa, además de grapadora, bolígrafos, folletos y muestras la típica cesta con caramelos corporativos. Tengo que añadir que la canastilla estaba rebosante de estos deliciosos azucarados. Mi padre atendía muy serio a las explicaciones, cómo se iban a hacer los pagos, cuándo llegaría la mercancía, etc. En una de estas explicaciones este señor, repartió la vista hacia todos los presentes para dar un énfasis en su disertación.

Fue suficiente para la intervención de mi madre.
 
En el momento más inesperado, porque estuvo en silencio hasta ese momento, pregunta Lumi al comercial:
-Perdone, ¿puedo coger caramelos? –y lo dijo con su sonrisa más encantadora.

-Por supuesto señora, están para eso –contesta el vendedor.
 
-Ana, abre el bolso –anuncia Lumi con la mano extendida sobre la cesta de caramelos.

Y hete aquí que Ana, no comprendo cómo, abre su bolso para que mi madre comience a rellenarlo con puñados de caramelos. Una y otra vez esa mano tan pequeña iba de la cesta al bolso llevando grupos de endulzados.
El comercial tenía los ojos tan abiertos como los de la rana Gustavo y mi padre ¡ay mi padre! de momento su cara se volvió tan roja como un pimiento y mirando hacia otro lado se tapó la boca con la mano y le esuché balbucear aquella frase tan conocida:

Sabiendo que me conocen aquí…”

Cuando apenas quedaban caramelos en la canastilla y tenía que cogerlos de uno en uno agarró la cesta y la volcó sobre el bolso de Ana. Apenas terminó, Lumi se volvió al vendedor y le hizo gestos para que prosiguiera en su explicación. Yo no me lo podía creer, estaba tan estupefacto como el comercial y Ana (ésta última intentaba contener esa risa floja que a todos nos ha dado alguna vez). Paco no volvió la cara hasta que tuvo que firmar, siguió colorado hasta el nacimiento del cabello como no lo vi nunca. El buen señor terminó de vendernos los muebles y de seguro tuvo algo que contar entre sus compañeros.
Ya en el coche, de vuelta a casa, mi padre regañó, pataleó y discutió todo lo que pudo, a lo que mi madre dio por zanjado el asunto con aquel también famoso “Yo he pedido permiso antes de coger nada”. Ana y yo íbamos desternillados de la risa. Mi mujer soltó algunos de los caramelos en el vehículo y hace unas semanas encontré uno olvidado en la guantera, no pude por menos que reírme otro rato. Y es que hay bochornos que son entrañables.

 Ignacio en Sevilla a 7 de marzo de 2012.

martes, 7 de febrero de 2012

El mundo desde el praetorium

La tienda de Cayo era muy distinta a las demás. Situada en el centro del perfecto cerco empalizado simulaba las comodidades de la propia capital; esclavos, divanes, alfombras, frutas, algún animal exótico y mobiliario romano. Dos jovencitas extranjeras susurraban en un rincón acomodadas entre cojines y sedas de oriente, sonriendo por encargo y temblando por sus familias. Cayo deleitaba sus pensamientos con cerezas tardías, bañadas en vino y miel, observando el rojonegro del cuenco y empapando sus dedos largos y finos.
No todo era ideal, no todo podía abstraerse. Fuera los caballos relinchaban con tal desgarro que pareciese estuvieran dentro de la tienda; los legionarios gritaban y reían mientras jugaban a los dados, incluso en algunas ocasiones el procónsul oyó un sonoro pedo a las espaldas de la tienda, seguido de profusas risotadas, no relacionando el general una cosa con la otra. Mueren por mí estos soldados, desde el legionario que vive en el barro hasta el tribuno que come y bebe conmigo –pensaba Cayo mientras saciaba la mente y oía ventosidades tras su nuca.

Una sombra se proyectó sobre la entrada de la tienda, era la señal establecida por él para que el provinciano legionario no entrara sin avisar. Al principio y sobre todo en las malditas ocasiones en las que le apetecía copular, el soldado penetraba hasta el catre romano y anunciaba la llegada de alguien o peor aún, le extendía un mensaje. ¿Te parece legionario que  con mi miembro parta el sello? –preguntaba con hastío Cayo. Un patricio tenía que imponer normas cuando estaba en campaña, la guerra era brutal pero en su sanctasanctórum las costumbres ecuestres debían quedarse en la puerta.

Pasa Móstulo y sácame de estas tinieblas con noticias de Roma –dijo con la boca llena de cerezas endulzadas.

El tribuno Marco Antonio solicita presentarse, procónsul –dijo el soldado golpeándose el pecho mientras las jóvenes reían al observar las nalgas desnudas y tatuadas con SPQR.
Móstulo, no me anuncies más a Marco, ya te ordené su entrada inmediata la semana pasada.

Cómo deseéis procónsul –y girando sobre sus talones volaron las correas del uniforme dejando ver de nuevo el SPQR en todo su esplendor, dos letras a cada lado del taparrabos.
De nuevo se proyecta una sombra sobre la entrada, imponente, alta y esbelta de formas. Por un instante se queda inmóvil antes de entrar, levanta apenas perceptiblemente una pierna y estirando con la mano una de sus posaderas revienta en el ambiente un sonoro desgarro de gas.- No es más que otro provinciano que viene a ventosear en mi puerta –piensa Cayo con desdén.

Al segundo, Marco Antonio entra como un rayo golpeando el suelo con pisotadas, plantándose en medio de la tienda y mirando al vacío grita ¡Buenos días mi procónsul, que los dioses te den salud y virilidad! – y las jóvenes ocultan sus narices bajo cóncavas manos, ya que el ímpetu de la entrada trae estela de vientos traseros.
Buenos días Marco, hijo mío, que Mercurio te favorezca en las noticias que traes contigo. ¿Cómo está la soldada?. –Pregunta mientras peina con dulzura sus cabellos hacia delante,  para ocultar su incipiente calvicie.

Mueren por servirte y sirven para morir mi procónsul –silabea mirando a los ojos de Cayo.
¿Entras en mi tienda con las sandalias manchadas de barro, tribuno? -casi grita Cayo al observar el reguero que ha dejado Marco Antonio con sus pisotadas.

Es inevitable mi procónsul, la soldada excrementa en estos alrededores.
¿No hay Galia suficiente donde acuclillarse?, ¿tienen que defecar como los animales, cerca de mi tienda?

Te aman divino procónsul, no quieren separarse de ti –dice Marco mientras Cayo percibe apenas una pequeña sonrisa.- (Basta de zalamerías y provincianismos) -piensa el general.
Marco, los soldados no me ven en la batalla. Gritan mi nombre al salir, tras la arenga y en primera línea se esconden como tortugas tras sus escudos. Estoy por diezmarlos para que aprendan, hace tiempo que los veo ligeramente indisciplinados.

De ningún modo mi procónsul, solo viven por tu divinidad, buscan tu capa roja en la batalla como buscaría un caballo su yegua.
¿Insinúas que quieren montarme, Marco?. –pregunta Cayo, sintiendo cierta irritación interior.

Que Marte me falte en la batalla si no he sabido expresarme oh Cayo general de huestes, conquistador de la Galia. –dice mientras con una reverencia esconde un mohín.
Por los dioses Marco, eres más empalagoso que estas cerezas o que el sexo de esas jóvenes. Estoy pensando en ir a pie contra Alesia, mi caballo me alza sobre ellos y me ven como el patricio que soy.

Cayo Julio César, de la gens Julia, nunca habréis tenido una idea más brillante. Acercaros a los legionarios, luchar codo con codo con los centuriones les henchirá los corazones de valor. Me siento honrado de servirte general. –Dice mientras se arrodilla.
En realidad Marco, tú también irás a pie. Todos iremos a pie, también los legados Tito Labieno y Cayo Trebonio, es un buen ejemplo para las legiones. –Apenas lo ha susurrado, rebuscando distraído en el vino más cerezas que llevarse a la boca.

¿A pie, Cayo? –se estremece el tribuno recordando a los arvernos.
A pie Marco, ¿o pretendes alzarte por encima de tu general?. Todos tenemos nuestro sitio, los dioses en el Olimpo, esas esclavas de Venus en un rincón entre bellos tejidos, los soldados en la muerte por mi gloria y tú arrodillado en el centro de mi tienda.

Si es tu deseo lo hago mío hasta que llegue al Elíseo, y pido a Júpiter que Vercingetórix tome ejemplo y no caiga sobre nosotros con su caballería mientras tus sandalias hoyan el barro de la Galia. –comenta con atrevimiento Marco Antonio al que la rodilla se le ha pegado al suelo.
Tengo asumido el riesgo. Tú mejor que nadie deberías saber que las cohortes se mueven y mueren mejor con el valor de una arenga o el rojo de mi espalda en el frente. Con la cabeza pensando en sus familias, donde quiera Juno que las tengan, están distraídos y son débiles. Si es que estos provincianos son capaces de recordar a sus madres. –Mientras le habla a la coronilla con un gesto pide la cercana presencia de una esclava, señalándose la entrepierna.

Marco Antonio levanta la cabeza y mirando a los ojos de Julio César, procónsul de Roma y gobernador de toda la Galia, abre la boca, duda un instante y con tono de súplica le dice,
Cayo, son soldados, tus legionarios. Te aman, no son chusma.

Deberías pasar más tiempo conmigo en la tienda y menos con la soldada, eres mi tribuno aquí y en Roma y necesito tenerte cerca. Ahora retírate y manda cepillar mi caballo para la batalla. Dice mientras comienza a disfrutar la felación.

Marco Antonio levanta su imponente cuerpo y sonríe entre satisfecho e indignado por la treta del procónsul. Al salir fuera, mientras el Sol proyecta su sombra sobre la entrada de la tienda, Marco abre sus nalgas con ambas manos y vuelve a repetir el saludo del principio, agitando con ello las cortinas de la entrada. Los legionarios cercanos ríen y aplauden al tribuno y alguno incluso acompaña con sonoridad simétrica.
Este Marco no va a entender nunca donde está él y dónde el pueblo ni a qué lado de la tienda se debe. -Piensa mientras los hedores dejados en el interior no le dejan deleitarse plenamente.

Ignacio en Sevilla, a 07 de febrero de 2012

domingo, 22 de enero de 2012

Caída libre al Guadaira


Cerca del castillo de Marchenilla, en el término municipal de Alcalá de Guadaira, en la senda de la carretera de Morón existía una finca que pertenecía a mi tío abuelo Juan Nieto. No se confundan, era mala persona y falleció solo, triste, mezquino y amargado por no poder llevarse todo el dinero que sustrajo de la vida de otros. Pero no quiero escribir, esta vez, de semejante individuo. Solo sirva esta reseña para situarles en el principio de los años 80, cuando yo era un niño y aún estaba acostumbrándome a la nueva televisión en color en el piso del Polígono Norte.

Trabajaba mi padre en una tienda de tejidos situada en la calle Alonso el Sabio, cuyo dueño era su propio tío, Juan Nieto. Este Nieto permitía que fuéramos a la finca con la condición de que mi padre lo llevara como un taxi y le siguiera trabajando allí los fines de semana, en tareas del campo y otras que imagino serviles, y dicho sea de paso los servicios de mi madre como cocinera. Mi padre, Paco, no podía pagarnos vacaciones estivales, ni piscinas, ni otros entretenimientos con el sueldo de la tienda. Con tal de que disfrutáramos de aire libre, los animales, las albercas para bañarnos, dejaba que aquella mala persona hiciera ciertas sus intenciones caciquiles.

Era aquella finca productora de los más diversos animales de granja y plantaciones agrícolas, desde vacas, cerdos, ovejas y gallinas a conejos y palomas.  Tenía una casa para los dueños, otra para la familia de mantenimiento y dos albercas para regadíos, una enorme como una piscina donde nos bañábamos con aquella agua de pozo helada y sabrosa y otra vetada para mí por la ingente cantidad de avispas. Por si no lo he contando antes soy alérgico a las picaduras de insectos, en una ocasión con el saludo de una avispa del pilón de las vacas me tuvieron que quitar los vaqueros a tijeretazos por la inflamación.

Y no teníamos bicicletas en un principio, pero con el paso del tiempo mi hermano mayor heredó una de Jordán, amigo infatigable de mi padre. Así que mi hermano David y yo nos quedamos esperando que la suerte nos trajera alguna a nosotros ya que no podíamos compartir la de mi hermano Francisco, éramos muy bajitos todavía, sobre todo David que es el pequeño. Sentados en los escalones de la casa mirábamos como mi hermano pedaleaba arriba y abajo con mis primos. Incluso habían inventado un deporte de riesgo lanzándose camino abajo.  Pasa cerca de la finca el río Guadaira, caudaloso afluente del Guadalquivir pero que por aquella parte aún estaba virgen. Para acceder a sus riberas existía un camino de cabras, lleno de baches y piedras y con una pendiente de vértigo. Era una locura transitar por él con vehículos que no fueran 4x4 o montados a caballo. Pues bien, el juego consistía en dejarse caer sin frenos por el camino al Guadaíra, si llegabas abajo el primero sin huesos rotos ganabas. La mayoría de las veces caían, despellejándose rodillas, codos y caras, pero reían como locos y volvían a subir para despeñarse otra vez. Aunque parezca una locura David y yo nos moríamos por tener una bicicleta y participar en aquel descerebrado juego.

Haciendo un gran esfuerzo mi padre compró una bicicleta. A mi hermano David, que es el más pequeño de los tres. Imaginen como me sentí.

Hoy por hoy prefiero pensar que una bici pequeña es más barata que una de tamaño mediano y dejar aquel sombrío asunto archivado en la “m” de miscelánea y no en la “b” de bicicletas que me refregaron por la cara.

En fin, que ahora me encontraba solo en el escalón viéndolos pasar arriba y abajo por el camino emparrado que llevaba a la alberca, los oía reír cuando subían del Guadaira y de alguna forma me excluyeron, inconscientemente, de sus juegos bicicleteros.  Me convertí en una sombra que jugaba solo con el balón, el barro y las piedras. Mi frustración se hizo patente y llegó a oídos de nuestra vecina Loli del Polígono Norte. La buena mujer encontró una bicicleta de su hijo, de la época de maríacastaña, que estaba algo oxidada y tenía la particularidad de que era plegable. Me acuerdo perfectamente del día que me la dieron, era azul y las ruedas se plegaban hacia el interior por medio de unas ingeniosas bisagras de palometas. Estaba muy usada y chirriaba al rodar, pero ahora era mi bici y pensaba disfrutarla al máximo.

Como imaginarán me presenté a la próxima convocatoria para despeñarse hacia el Guadaira. En la parrilla de salida estaban mis primos con sus bicis, mi hermano Francisco con la bicicleta de Jordán y el pequeño David con su infame bici nueva. Había repasado las bisagras de mi BH y el estado de las ruedas, apretado el manillar y los dientes y el corazón me iba a salir por la boca. Estábamos todos vestidos con un sencillo bañador y unas chanclas, como es normal en verano, así que consideren el resultado de caerse a toda velocidad en un sendero de piedras afiladas. Escuché la voz de salida como el que oye un disparo y nos lanzamos con el valor y la inconsciencia de los niños hacia abajo, sin frenos y apretando los puños. Intenté usar la técnica de ir por el borde del camino, donde el piso era más llano, pero no había escapatoria, en tan mal estado se encontraba el sendero y tanta era la velocidad que alcanzábamos que empecé a saltar sin control al igual que los demás. Cada salto correspondía con una caída de infarto y todo mi cuerpo cimbreaba intentando mantener el equilibrio. En el primer cuarto del camino aún nos manteníamos todos sobre los sillines pero poco más duró aquella situación. Había oído decir a mi hermano Francisco que cuando se conoce la caída cierta es mejor soltar el manillar y salir disparado hacia otro lado. Nada de eso me sirvió cuando salí lanzado hacia el cielo desde un socavón parecido a un cráter, en la bajada hacia las cantos supe que era mi último salto. Cuando la inercia me hizo impactar con la rueda delantera, ésta se partió por la bisagra de palometa, estrellándome inevitablemente sobre las rocas.

En un instante tenía las rodillas, el pecho y los brazos llenos de arañones  sangrantes y mi pobre bici yacía inerte partida en dos entre los girasoles. Me senté en la tierra y observé como los demás llegaban ilesos a la meta y se perdían entre los eucaliptos del Guadaira. Me quedé así un rato, lamiéndome las heridas como un perrillo y llorando como lo que era, un niño. Al rato arrastré mi atajo de hierros doblados hacia la finca y la solté no recuerdo donde.

Unas semanas más tarde descubrí que llegaba a los pedales de la bicicleta de Francisco y a escondidas me monté y volví a caerme de cara cerca del pozo de la alberca. Esto no es lo mío, pensé. Ya ven, lo duro que era en los ochenta aprender a montar en bicicleta. Y sin embargo lo recuerdo con un cariño extraordinario y sepan una cosa, no envidio en absoluto las consolas de videojuegos de los niños de hoy.
Sevilla, a 22 de enero de 2012.

martes, 3 de enero de 2012

Burro Taxi

Hay individuos cuyas personalidades se ven moldeadas por motivos como el paso del tiempo, las relaciones sociales, acontecimientos particulares y generales, etc. Sin embargo mis padres han sido siempre  tal y como pueden conocerse hoy. Muestra de ello es la historia que voy a redactarles a continuación, hace casi veinte años desde que aconteció y ya perfilaba cuál era la convivencia de esta pareja.
Hacia 1994 comencé a trabajar como delineante de una empresa llamada AROTECSA en Sevilla, allá en la calle Asunción y por la época estival sustituía a los delineantes de las oficinas en Fuengirola, población costera de Málaga. Pasaba mis soledades y fondas en un hostal muy recomendable, en el centro de la localidad. Mis padres que me visitaron en alguna ocasión y quedaron encantados con la zona y el hostal, tomaron ese año como lugar de veraneo la Costa del Sol, disfrutando de Fuengirola, Marbella y Mijas. Es de todos los andaluces conocido que existe en Mijas un servicio de transporte llamado burro taxi y que como su propio nombre nos anuncia son unos simpáticos asnos con más uso turístico que el sentido propio del desplazamiento.
Pues bien, paseaban Lumi y Paco por la población malagueña cuando a lo lejos pudieron observar cómo un grupo de extranjeras esperaban turno en una parada de burro taxi. Había gran expectación y revuelo, ya que uno de los burros no paraba quieto, soltando algunas coces y rebuznando a diestro y siniestro. Se supo más tarde que el rebrincado animal se comportaba tan alocadamente a causa de una burra de la parada que se encontraba en celo.  El taxista (o burro taxista) increpaba al cansado animal a grito pelado para que sosegara sus deseos carnales, pero el asno enamorado insistía en desasirse de su dueño y alcanzar la plenitud de su Julieta. Hasta aquí imagino que mi madre pudo haberse aguantado sin comentar, mordiéndose la lengua al pasar junto a la escena, pero los acontecimientos que se desarrollaron a continuación superaban su educación de internado.
Entonces comenzó el taxista a golpear con una vara al animal para que detuviera sus intenciones y cada golpe laceraba a mi madre, porque si hay algo que mi madre no soporta es el maltrato animal. Tiene Lumi un amor a toda vida animal fuera de lo común, tragándose todos los documentales de la 2 (tras su querido Jordi Hurtado) y teniendo a David Attemborough con dos velas en la peinadora. Así que mientras se acercaban a la escena iba relatando con la boca pequeña, sólo a oídos de mi padre, a lo que Paco en principio prefirió no dar importancia.
-Hay que ver cómo está “judiqueando” con el animal, y es que no para. Mira, mira que le daba yo a él con la varita. Pero déjalo que vas a hacer daño al pobre burro. Ea, otro palo más, lo va a señalá y así va a ser peor…
Paco, viéndose venir el altercado advierte a mi madre para no pasar (otra vez) vergüenzas de “tierra trágame”.
-Te lo advierto Iluminada, no me hagas pasar lacha y no se te ocurra decirle nada a ese hombre. ¿Estamos?
-Con la vara le daba yo a él en los huevos, mira que no para y el daño que le está haciendo. Pobre burro la que le está dando, si es que no puedo ni mirarlo.
Poco a poco iban acercándose a la parada de los pollinos y mi madre, cansina hasta la saciedad, seguía con su erre que erre mientras Paco seguía con advertencias.
-¿Te quieres callar que te van a oír?, mira que como me metas en un embolao la tenemos.
-Si yo me callo pero él está maltratando al burro, mira, mira como le da varazos, pobrecito que algo le pasará digo yo al burro…
-Iluminada que ya estamos ahí, que se van a enterar, que esto será normal aquí.
-Normal, normal, en el lomo le daba yo a él. Que no se puede aguantá que siga dándole y todos mirando.
-Muy bien, ahora déjalo ya y no digas ná que esto será cosa de todos los días.
-Si ya me callo, pero vamos que mala leche, no se merece eso el pobre animal.
Al pasar por la escena Paco sintió cierto alivio al dejar de oír la retahíla de Lumi, pero ¡ay fatalidad! Casi cuando habían rebasado al burro en cuestión mi madre se vuelve y señalando al taxista con el dedo le espeta:
-Deje usted de maltratar al animal, que hay que tener poca vergüenza y mala leche para darle de varazos.
-Oiga, que el burro es mío y hago lo que me da la gana –contesta el taxista-.
Y mi padre como si de su destino se tratara y tras advertir quinientas veces a mi madre contesta al conductor de burros:
-Diga usted que sí, más fuerte le tendría que dar, ¿no es suyo el burro?, pues nada a varearlo.
Y allí se montó el belén, porque entre el burro que intentaba montar a su enamorada, los gritos de mi madre con mi padre y el taxista, las extranjeras asustadas del espectáculo “tipicalspanish” y los curiosos que iban llegando, todo junto fue de lo más interesante.
Me contaron que un segundo taxista terció entre las partes y la cosa se calmó finalmente, no llegando a las manos (o a las varas) el asunto. Lo que nunca supe es si el Romeo enamorado llegó a calmarse con su Julieta rebuznando a la luz de la luna.

Sevilla a 3 de enero de 2012.