Hay individuos cuyas
personalidades se ven moldeadas por motivos como el paso del tiempo, las
relaciones sociales, acontecimientos particulares y generales, etc. Sin embargo
mis padres han sido siempre tal y como
pueden conocerse hoy. Muestra de ello es la historia que voy a redactarles a
continuación, hace casi veinte años desde que aconteció y ya perfilaba cuál
era la convivencia de esta pareja.
Hacia 1994 comencé a trabajar
como delineante de una empresa llamada AROTECSA en Sevilla, allá en la calle
Asunción y por la época estival sustituía a los delineantes de las oficinas en
Fuengirola, población costera de Málaga. Pasaba mis soledades y fondas en un
hostal muy recomendable, en el centro de la localidad. Mis padres que me
visitaron en alguna ocasión y quedaron encantados con la zona y el hostal,
tomaron ese año como lugar de veraneo la Costa del Sol, disfrutando de Fuengirola,
Marbella y Mijas. Es de todos los andaluces conocido que existe en Mijas un
servicio de transporte llamado burro taxi
y que como su propio nombre nos anuncia son unos simpáticos asnos con más
uso turístico que el sentido propio del desplazamiento.
Pues bien, paseaban Lumi y Paco
por la población malagueña cuando a lo lejos pudieron observar cómo un grupo de
extranjeras esperaban turno en una parada de burro taxi. Había gran expectación
y revuelo, ya que uno de los burros no paraba quieto, soltando algunas coces y
rebuznando a diestro y siniestro. Se supo más tarde que el rebrincado animal
se comportaba tan alocadamente a causa de una burra de la parada que se
encontraba en celo. El taxista (o burro
taxista) increpaba al cansado animal a grito pelado para que sosegara sus
deseos carnales, pero el asno enamorado insistía en desasirse de su dueño y
alcanzar la plenitud de su Julieta. Hasta aquí imagino que mi madre pudo
haberse aguantado sin comentar, mordiéndose la lengua al pasar junto a la
escena, pero los acontecimientos que se desarrollaron a continuación superaban
su educación de internado.
Entonces comenzó el taxista a
golpear con una vara al animal para que detuviera sus intenciones y cada golpe
laceraba a mi madre, porque si hay algo que mi madre no soporta es el maltrato
animal. Tiene Lumi un amor a toda vida animal fuera de lo común, tragándose todos
los documentales de la 2 (tras su querido Jordi Hurtado) y teniendo a David
Attemborough con dos velas en la peinadora. Así que mientras se acercaban a la
escena iba relatando con la boca pequeña, sólo a oídos de mi padre, a lo que Paco
en principio prefirió no dar importancia.
-Hay que ver cómo está “judiqueando” con el animal, y es que no
para. Mira, mira que le daba yo a él con la varita. Pero déjalo que vas a hacer
daño al pobre burro. Ea, otro palo más,
lo va a señalá y así va a ser peor…
Paco, viéndose venir el altercado
advierte a mi madre para no pasar (otra vez) vergüenzas de “tierra trágame”.
-Te lo advierto Iluminada, no me
hagas pasar lacha y no se te ocurra decirle nada a ese hombre. ¿Estamos?
-Con la vara le daba yo a él en
los huevos, mira que no para y el daño que le está haciendo. Pobre burro la que
le está dando, si es que no puedo ni mirarlo.
Poco a poco iban acercándose a la
parada de los pollinos y mi madre, cansina hasta la saciedad, seguía con su erre
que erre mientras Paco seguía con advertencias.
-¿Te quieres callar que te van a oír?,
mira que como me metas en un embolao
la tenemos.
-Si yo me callo pero él está
maltratando al burro, mira, mira como le da varazos, pobrecito que algo le
pasará digo yo al burro…
-Iluminada que ya estamos ahí,
que se van a enterar, que esto será normal aquí.
-Normal, normal, en el lomo le
daba yo a él. Que no se puede aguantá
que siga dándole y todos mirando.
-Muy bien, ahora déjalo ya y no
digas ná que esto será cosa de todos los días.
-Si ya me callo, pero vamos que mala
leche, no se merece eso el pobre animal.
Al pasar por la escena Paco
sintió cierto alivio al dejar de oír la retahíla de Lumi, pero ¡ay fatalidad! Casi
cuando habían rebasado al burro en cuestión mi madre se vuelve y señalando al
taxista con el dedo le espeta:
-Deje usted de maltratar al
animal, que hay que tener poca vergüenza y mala leche para darle de varazos.
-Oiga, que el burro es mío y hago
lo que me da la gana –contesta el taxista-.
Y mi padre como si de su destino
se tratara y tras advertir quinientas veces a mi madre contesta al conductor de
burros:
-Diga usted que sí, más fuerte le
tendría que dar, ¿no es suyo el burro?, pues nada a varearlo.
Y allí se montó el belén, porque
entre el burro que intentaba montar a su enamorada, los gritos de mi madre con
mi padre y el taxista, las extranjeras asustadas del espectáculo “tipicalspanish” y los curiosos que iban
llegando, todo junto fue de lo más interesante.
Me contaron que un segundo
taxista terció entre las partes y la cosa se calmó finalmente, no llegando a
las manos (o a las varas) el asunto. Lo que nunca supe es si el Romeo enamorado
llegó a calmarse con su Julieta rebuznando a la luz de la luna.
Sevilla a 3 de enero de 2012.

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