Foto de Ignacio

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Ignacio mismo

martes, 3 de enero de 2012

Burro Taxi

Hay individuos cuyas personalidades se ven moldeadas por motivos como el paso del tiempo, las relaciones sociales, acontecimientos particulares y generales, etc. Sin embargo mis padres han sido siempre  tal y como pueden conocerse hoy. Muestra de ello es la historia que voy a redactarles a continuación, hace casi veinte años desde que aconteció y ya perfilaba cuál era la convivencia de esta pareja.
Hacia 1994 comencé a trabajar como delineante de una empresa llamada AROTECSA en Sevilla, allá en la calle Asunción y por la época estival sustituía a los delineantes de las oficinas en Fuengirola, población costera de Málaga. Pasaba mis soledades y fondas en un hostal muy recomendable, en el centro de la localidad. Mis padres que me visitaron en alguna ocasión y quedaron encantados con la zona y el hostal, tomaron ese año como lugar de veraneo la Costa del Sol, disfrutando de Fuengirola, Marbella y Mijas. Es de todos los andaluces conocido que existe en Mijas un servicio de transporte llamado burro taxi y que como su propio nombre nos anuncia son unos simpáticos asnos con más uso turístico que el sentido propio del desplazamiento.
Pues bien, paseaban Lumi y Paco por la población malagueña cuando a lo lejos pudieron observar cómo un grupo de extranjeras esperaban turno en una parada de burro taxi. Había gran expectación y revuelo, ya que uno de los burros no paraba quieto, soltando algunas coces y rebuznando a diestro y siniestro. Se supo más tarde que el rebrincado animal se comportaba tan alocadamente a causa de una burra de la parada que se encontraba en celo.  El taxista (o burro taxista) increpaba al cansado animal a grito pelado para que sosegara sus deseos carnales, pero el asno enamorado insistía en desasirse de su dueño y alcanzar la plenitud de su Julieta. Hasta aquí imagino que mi madre pudo haberse aguantado sin comentar, mordiéndose la lengua al pasar junto a la escena, pero los acontecimientos que se desarrollaron a continuación superaban su educación de internado.
Entonces comenzó el taxista a golpear con una vara al animal para que detuviera sus intenciones y cada golpe laceraba a mi madre, porque si hay algo que mi madre no soporta es el maltrato animal. Tiene Lumi un amor a toda vida animal fuera de lo común, tragándose todos los documentales de la 2 (tras su querido Jordi Hurtado) y teniendo a David Attemborough con dos velas en la peinadora. Así que mientras se acercaban a la escena iba relatando con la boca pequeña, sólo a oídos de mi padre, a lo que Paco en principio prefirió no dar importancia.
-Hay que ver cómo está “judiqueando” con el animal, y es que no para. Mira, mira que le daba yo a él con la varita. Pero déjalo que vas a hacer daño al pobre burro. Ea, otro palo más, lo va a señalá y así va a ser peor…
Paco, viéndose venir el altercado advierte a mi madre para no pasar (otra vez) vergüenzas de “tierra trágame”.
-Te lo advierto Iluminada, no me hagas pasar lacha y no se te ocurra decirle nada a ese hombre. ¿Estamos?
-Con la vara le daba yo a él en los huevos, mira que no para y el daño que le está haciendo. Pobre burro la que le está dando, si es que no puedo ni mirarlo.
Poco a poco iban acercándose a la parada de los pollinos y mi madre, cansina hasta la saciedad, seguía con su erre que erre mientras Paco seguía con advertencias.
-¿Te quieres callar que te van a oír?, mira que como me metas en un embolao la tenemos.
-Si yo me callo pero él está maltratando al burro, mira, mira como le da varazos, pobrecito que algo le pasará digo yo al burro…
-Iluminada que ya estamos ahí, que se van a enterar, que esto será normal aquí.
-Normal, normal, en el lomo le daba yo a él. Que no se puede aguantá que siga dándole y todos mirando.
-Muy bien, ahora déjalo ya y no digas ná que esto será cosa de todos los días.
-Si ya me callo, pero vamos que mala leche, no se merece eso el pobre animal.
Al pasar por la escena Paco sintió cierto alivio al dejar de oír la retahíla de Lumi, pero ¡ay fatalidad! Casi cuando habían rebasado al burro en cuestión mi madre se vuelve y señalando al taxista con el dedo le espeta:
-Deje usted de maltratar al animal, que hay que tener poca vergüenza y mala leche para darle de varazos.
-Oiga, que el burro es mío y hago lo que me da la gana –contesta el taxista-.
Y mi padre como si de su destino se tratara y tras advertir quinientas veces a mi madre contesta al conductor de burros:
-Diga usted que sí, más fuerte le tendría que dar, ¿no es suyo el burro?, pues nada a varearlo.
Y allí se montó el belén, porque entre el burro que intentaba montar a su enamorada, los gritos de mi madre con mi padre y el taxista, las extranjeras asustadas del espectáculo “tipicalspanish” y los curiosos que iban llegando, todo junto fue de lo más interesante.
Me contaron que un segundo taxista terció entre las partes y la cosa se calmó finalmente, no llegando a las manos (o a las varas) el asunto. Lo que nunca supe es si el Romeo enamorado llegó a calmarse con su Julieta rebuznando a la luz de la luna.

Sevilla a 3 de enero de 2012.

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